ZOE
Supe que estaban allí antes de escuchar cualquier indicio de movimiento. No era instinto, no era magia; era la energía que Dante proyecta cuando decide que nada ni nadie tocará lo que le pertenece. Y allí estaba él, detrás de Ivy, los hombros tensos, la mandíbula dura, respirando con un ritmo que no podía mentir: cada inhalación era un aviso, cada exhalación un recordatorio de que la guerra entre nosotros siempre había sido tan física como emocional. Y yo, en el centro, no sentí miedo, solo