ZOE
Supe que estaban allí antes de escuchar cualquier indicio de movimiento. No era instinto, no era magia; era la energía que Dante proyecta cuando decide que nada ni nadie tocará lo que le pertenece. Y allí estaba él, detrás de Ivy, los hombros tensos, la mandíbula dura, respirando con un ritmo que no podía mentir: cada inhalación era un aviso, cada exhalación un recordatorio de que la guerra entre nosotros siempre había sido tan física como emocional. Y yo, en el centro, no sentí miedo, solo un frío control absoluto. No estaba sorprendida ni intimidada. Estaba calculando, midiendo hasta dónde podía jugar con el fuego antes de quemarme.
—Zoe —dijo Dante, su voz profunda y baja, casi un ronroneo que se filtró directamente en mi pecho—. No puedes hacer esto sola.
Me giré lentamente hacia él, dejándolo ver cada línea de mi rostro, cada sombra de mi expresión cuidadosamente neutral. No sonreí. No temblé. No hice ninguna concesión que pudiera darle ventaja. Y aun así, sentí cómo su prese