ZOE
La encontré en su oficina, una habitación pequeña, apenas iluminada por la luz amarillenta de un monitor que parpadeaba de forma irregular. Bianca estaba sentada detrás de su escritorio, con las manos entrelazadas y los ojos fijos en mí, como si me hubiera estado esperando durante toda mi vida y supiera exactamente cuánto tiempo me tomaría llegar. No había alarma, no había guardias, no había justificaciones posibles; solo ella y yo, y un silencio cargado que parecía pesar más que cualquier palabra que pudiéramos intercambiar.
—Zoe —dijo finalmente, con voz suave, casi maternal—. Sabía que vendrías.
No respondí. Caminé hasta el centro de la habitación, dejando que mis pasos resonaran, conscientes de que cada sonido era medido, observado, evaluado. Bianca no se movió, pero la tensión entre nosotras era palpable, como un hilo invisible que podía cortarse en cualquier momento. Su mirada no era hostil; era una mezcla de culpa, orgullo y miedo, como si hubiera sostenido algo demasiado g