La señal no llegó como un ataque. Llegó como una invitación. Y eso fue lo primero que me inquietó. Ethan nunca irrumpe cuando sabe que puede esperar; observa, calcula, afina el momento exacto en el que la herida ya existe y solo necesita ser abierta. El mensaje apareció sin aviso, sin intermediarios, limpio, elegante, casi respetuoso. Una frecuencia privada. Mi nombre completo. Mi código original. Como si aún tuviera derecho a pronunciarme.
No dije nada. Dante estaba a mi lado, demasiado cerca, demasiado atento. Sentía su cuerpo tenso, la forma en que su respiración cambiaba cuando percibía una amenaza incluso antes de que se materializara. Ivy se movía unos pasos detrás, alerta, incómoda, consciente de que cualquier palabra podía romper un equilibrio que apenas se sostenía. Yo levanté la mano. Silencio. Necesitaba escuchar esto sola, aunque no estuviera sola.
—Zoe —dijo Ethan, y su voz atravesó el espacio con una calma que no necesitaba volumen—. Has destruido más de lo que esperaba.