ZOE
El primer indicio no fue una traición explícita. Fue el silencio.
No el silencio habitual de la mansión cuando los sistemas bajaban al mínimo y la noche se asentaba sobre las paredes como una costra espesa, sino otro distinto, incómodo, cargado de una expectativa que no pedía permiso. Yo lo sentí antes de que nadie lo nombrara. El implante vibró con una frecuencia baja, irregular, como si detectara tensiones no verbales, microvariaciones en los patrones emocionales de quienes compartían el