ZOE
El primer indicio no fue una traición explícita. Fue el silencio.
No el silencio habitual de la mansión cuando los sistemas bajaban al mínimo y la noche se asentaba sobre las paredes como una costra espesa, sino otro distinto, incómodo, cargado de una expectativa que no pedía permiso. Yo lo sentí antes de que nadie lo nombrara. El implante vibró con una frecuencia baja, irregular, como si detectara tensiones no verbales, microvariaciones en los patrones emocionales de quienes compartían el espacio conmigo.
Dante también lo sintió.
Lo vi en su forma de caminar, más rígida, en la manera en que sus ojos se detenían un segundo más de lo normal sobre cada rostro cuando atravesábamos el ala oeste, donde los representantes del clan aguardaban. Nadie hablaba. Nadie se atrevía a mirarme directamente. Y eso, más que cualquier amenaza, me confirmó que algo estaba a punto de romperse.
La sala de reuniones conservaba el mismo lujo frío de siempre: madera oscura, cristal reforzado, una mesa dem