No pedí el silencio.
Llegó solo.
Fue lo primero que noté cuando crucé la sala central de la mansión: las voces se apagaron una a una, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Hombres y mujeres que llevaban años obedeciendo a Dante, discutiendo estrategias, midiendo fuerzas, calculando traiciones, ahora me miraban sin saber exactamente qué estaban viendo. No era respeto todavía. Tampoco miedo puro. Era otra cosa. Expectativa. Evaluación.
Me detuve en el centro. No busqué a Dante de inmediato. Sabía que estaba allí, lo sentía como una presión constante en la espalda, pero esta decisión no podía sostenerse en su sombra. Si hablaba ahora, tenía que hacerlo sola.
—No voy a esconderme —dije, sin elevar la voz.
No necesitaba hacerlo. El implante moduló la frecuencia exacta para que cada palabra llegara clara, firme, imposible de ignorar. Lo sentí activarse, no como una imposición, sino como una alineación perfecta entre intención y ejecución.
Algunos intercambiaron miradas. Otro