No pedí el silencio.
Llegó solo.
Fue lo primero que noté cuando crucé la sala central de la mansión: las voces se apagaron una a una, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Hombres y mujeres que llevaban años obedeciendo a Dante, discutiendo estrategias, midiendo fuerzas, calculando traiciones, ahora me miraban sin saber exactamente qué estaban viendo. No era respeto todavía. Tampoco miedo puro. Era otra cosa. Expectativa. Evaluación.
Me detuve en el centro. No busqué a Dante de