ZOE
El niño no volvió a aparecer, y fue eso —precisamente eso— lo primero que me perturbó al despertar. No fue el recuerdo del laboratorio ni la sombra persistente de Ethan, tampoco el implante vibrando con su pulso habitual bajo mi piel, como un animal dormido que nunca termina de confiar en su jaula. Fue la ausencia. La sensación de que algo que había estado ahí, con una presencia demasiado definida para ser una simple construcción onírica, se había retirado sin dejar rastro, como si nunca hu