ZOE
El niño no volvió a aparecer, y fue eso —precisamente eso— lo primero que me perturbó al despertar. No fue el recuerdo del laboratorio ni la sombra persistente de Ethan, tampoco el implante vibrando con su pulso habitual bajo mi piel, como un animal dormido que nunca termina de confiar en su jaula. Fue la ausencia. La sensación de que algo que había estado ahí, con una presencia demasiado definida para ser una simple construcción onírica, se había retirado sin dejar rastro, como si nunca hubiera tenido derecho a existir.
El sueño había sido demasiado vívido para desaparecer así, demasiado preciso en detalles que no se inventan. El timbre de su voz seguía resonando en algún lugar de mi pecho, y sobre todo la forma en que pronunció mi nombre, no el que uso ahora ni el que me asignaron después, sino el otro, el que nadie decía en voz alta, el que había quedado sepultado bajo capas de decisiones ajenas y silencios forzados. El que yo misma había olvidado hasta que él lo pronunció con