ZOE
El laboratorio estaba diseñado para que nadie pudiera salir. Cada puerta, cada sensor, cada rastro de luz y calor estaba calibrado para atraparte. Para alguien sin la información, sin la llave. Para alguien sin mi ventaja, sería imposible.
Pero yo no era alguien sin ventaja.
Mi implante vibró, un latido irregular que señalaba una anomalía: un glitch en el sistema, un resquicio en la lógica que Ethan no había previsto. Mis dedos temblaban mientras tocaba la superficie fría de la mesa de laboratorio, recorriendo los comandos holográficos que habían aparecido sin orden. Cada movimiento era un riesgo: un error y todo lo que había logrado se desmoronaría.
Respiré hondo.
—Vamos, vamos… —susurré, más para mí que para cualquier otra cosa—. Haz que funcione.
El implante respondió. La interfaz parpadeó. El glitch no era solo un fallo: era un pasaje, una grieta diminuta entre la vigilancia absoluta y la libertad. Mi cuerpo se tensó mientras manipulaba el código con precisión quirúrgica, igno