ZOE
El laboratorio móvil estaba silencioso, pero no en paz. Cada sonido era medido, calculado: el zumbido de los sistemas de contención, el murmullo de los ventiladores, incluso el leve latido de mi propio implante, resonando dentro de mi cabeza como un recordatorio de que nada de esto era natural.
Ethan apareció en la sala con la calma de quien sabe que tiene el control absoluto. No se acercó demasiado; no hizo falta. Su presencia llenaba el espacio, ocupando cada centímetro de mi atención, como si pudiera tocarme sin mover un músculo.
—Zoe —dijo, y la voz era tan fría que se sentía como hielo sobre la piel—. Podemos evitar más destrucción. Podemos detener esta guerra antes de que alguien más salga lastimado.
Lo miré, midiendo cada palabra, cada gesto. Cada fibra de mi cuerpo gritaba desconfianza, pero algo en su tono, algo en la precisión de su calma, despertó un recuerdo: la sensación de que él siempre podía ver a través de mí. No solo mis movimientos, sino mis pensamientos, mis d