ZOE
No recuerdo cómo llegué hasta allí. Todo mi cuerpo ardía, cada músculo era un recordatorio de la fuga, cada corte en mis manos y piernas un testigo de la carrera imposible contra Ethan. La ciudad se extendía ante mí, fría, indiferente, iluminada por luces lejanas que apenas penetraban la oscuridad que arrastraba conmigo.
Pero entonces lo vi.
Dante. No sabía cuánto había pasado desde la última vez que nos vimos, desde que el mundo nos había separado como piezas arrancadas de un tablero. Su figura estaba allí, firme y al mismo tiempo temblando, como si el peso de todo lo que había perdido se concentrara en él.
No hubo palabras. Ninguna explicación. Ninguna disculpa. Solo un espacio entre nosotros cargado de todo lo que habíamos sentido y sufrido: miedo, culpa, furia, amor.
Di un paso. Luego otro. Mis piernas flaqueaban, mi respiración era un hilo quebrado. Mis heridas ardían, mi cuerpo pedía tregua. Y él estaba ahí, extendiendo los brazos, sin necesidad de palabras.
Me derrumbé en e