La mansión estaba extrañamente silenciosa cuando llegué. Demasiado silenciosa. Cada paso que daba resonaba como un grito hueco en los pasillos vacíos. Zoe no estaba. Mi respiración se aceleraba, pero no era miedo. Era desesperación, pura y fría. Una que me golpeaba más fuerte que cualquier dolor físico.
Corrí de habitación en habitación, buscando pistas, rastros, cualquier señal de que ella hubiera estado allí. Pero no había nada. Solo ecos. Mi mano golpeó la pared de mármol con fuerza, y el do