La mansión estaba extrañamente silenciosa cuando llegué. Demasiado silenciosa. Cada paso que daba resonaba como un grito hueco en los pasillos vacíos. Zoe no estaba. Mi respiración se aceleraba, pero no era miedo. Era desesperación, pura y fría. Una que me golpeaba más fuerte que cualquier dolor físico.
Corrí de habitación en habitación, buscando pistas, rastros, cualquier señal de que ella hubiera estado allí. Pero no había nada. Solo ecos. Mi mano golpeó la pared de mármol con fuerza, y el dolor subió por mi brazo como un recordatorio brutal de que la desesperación puede ser autoinfligida. La sangre comenzó a manar entre mis dedos, pero no me detuve. Cada golpe era una maldición, un juramento que se repetía en mi mente:
—Te traeré a casa. Te lo prometo.
El eco de mis golpes llenaba los pasillos, rebotando contra las paredes como un lamento que nadie iba a responder. El sonido se mezclaba con recuerdos que no pedí: risas breves en habitaciones ahora vacías, susurros compartidos en la