El silencio de la noche era absoluto, roto solo por el murmullo distante de la ciudad. Mi respiración era lo único que sentía con claridad. La llave en mi mano palpitaba débilmente, pero con insistencia, un recordatorio de que todo lo que había aprendido, todo lo que había construido, podía volverse contra mí en un instante.
No quería abrirlo. No quería saber. Pero mi pulso, mi instinto, me empujaban hacia adelante. La primera carpeta del archivo Sellarés no era un objeto frío. Era un umbral. Un espacio donde la memoria se convertía en verdad y la verdad en condena.
El implante reaccionó de inmediato, vibrando con una frecuencia nueva, un pulso que no era dolor, sino anticipación. Un latido desconocido dentro de mi propia mente. Antes de comprender lo que hacía, mis dedos deslizaron la carpeta, y el mundo se fracturó en fragmentos.
Las imágenes no llegaron suaves. No eran recuerdos cómodos, ni recreaciones idealizadas. Fueron golpes de realidad directa, brutales en su claridad.
Mi mad