El mensaje llegó sin cifrado complejo, como una explosión de claridad en medio de años de secretos y protocolos.
Eso fue lo primero que alertó a Zoe, un detalle que el instinto le dijo que no podía ignorar. No había capas, ni firmas falsas, ni rutas espejo para despistar al receptor. Era una transmisión directa, limpia, desnuda, como si quien la enviaba no tuviera nada que ocultar… o, quizás, nada que temer.
El implante vibró una sola vez, un pulso breve pero inequívoco que recorrió su cráneo y