El mensaje llegó sin cifrado complejo, como una explosión de claridad en medio de años de secretos y protocolos.
Eso fue lo primero que alertó a Zoe, un detalle que el instinto le dijo que no podía ignorar. No había capas, ni firmas falsas, ni rutas espejo para despistar al receptor. Era una transmisión directa, limpia, desnuda, como si quien la enviaba no tuviera nada que ocultar… o, quizás, nada que temer.
El implante vibró una sola vez, un pulso breve pero inequívoco que recorrió su cráneo y el centro de su pecho, recordándole que aquel mensaje no era casualidad, que cada dato, cada frecuencia, estaba calculado para llegar justo a ella, y que detrás de él había alguien que sabía exactamente lo que hacía.
—Zoe —dijo Dante desde la otra habitación—. ¿Otra intrusión?
Zoe no respondió enseguida. Se quedó quieta, con la mirada fija en el nombre suspendido en el aire, proyectado desde su retina interna como un recuerdo que no le pertenecía, como si alguien hubiera grabado esa información