Dante no habló de inmediato.
Eso fue lo primero que Zoe notó, un silencio tan denso que parecía llenar la habitación y dejarla sin aire. No intentó calmarla. No negó nada. No hizo preguntas, no buscó entender qué había visto o cómo lo había procesado.
Se quedó ahí, inmóvil, un muro de presencia contenida, como alguien que ha perdido el derecho a interrumpir, como si cada palabra fuera demasiado frágil frente al peso de lo que acababa de descubrir. Su mirada no pedía nada, ni explicaciones ni pe