Dante no habló de inmediato.
Eso fue lo primero que Zoe notó, un silencio tan denso que parecía llenar la habitación y dejarla sin aire. No intentó calmarla. No negó nada. No hizo preguntas, no buscó entender qué había visto o cómo lo había procesado.
Se quedó ahí, inmóvil, un muro de presencia contenida, como alguien que ha perdido el derecho a interrumpir, como si cada palabra fuera demasiado frágil frente al peso de lo que acababa de descubrir. Su mirada no pedía nada, ni explicaciones ni perdón; solo reconocía la magnitud de lo que Zoe había enfrentado y sobrevivido, y en ese instante, el silencio mismo se convirtió en un puente silencioso entre ellos.
—Dilo —dijo Zoe al fin.
Su voz no temblaba. Eso era lo peligroso.
—Dime qué sabías.
Dante respiró hondo. Una vez. Dos. Como si cada inhalación fuera una decisión.
—No todo —empezó—. Nunca todo.
Zoe soltó una risa corta, sin humor.
—Eso no es una respuesta.
—Lo sé.
Dante se acercó un paso. Se detuvo antes de invadir su espacio.
—Cuan