Roma nunca había parecido tan vulnerable.
Zoe lo supo antes de ver los titulares, antes de que los sistemas de noticias emitieran la primera alerta que confirmara lo que su instinto ya le decía. El implante reaccionó con un pulso débil, un aviso apenas perceptible que recorrió su cráneo hasta el centro del pecho: actividad anómala en la ciudad. No fue miedo lo que la atravesó, sino una anticipación tensa, el reconocimiento de que algo se estaba moviendo bajo la superficie, algo que podía cambiarlo todo.
La conexión entre ella y Ethan, rota y reconstruida tantas veces, todavía vibraba con un hilo invisible que él controlaba, un eco sutil que le recordaba que, por más que intentara alejarse, aún había piezas de su vida que podían manipularla, hilos de poder y conocimiento que no se romperían tan fácilmente. La ciudad entera parecía contener la respiración, y Zoe, con cada latido, sentía que estaba en el centro de un tablero mucho más grande de lo que había imaginado.
—Roma —murmuró Dant