ZOE
La carretera serpenteaba entre los árboles como una cicatriz suave sobre la piel de la montaña. Ethan conducía en silencio, una mano en el volante, la otra a ratos sobre mi muslo desnudo, acariciándolo como si quisiera recordar que yo seguía siendo suya. Fuera, los árboles altos susurraban con el viento, y el cielo tenía ese azul de postal que siempre parece esconder algo más. Yo miraba sin ver, con la cabeza apoyada en el vidrio, sintiendo el calor del sol pero sin dejar que me tocara del