ZOE
El restaurante se alzaba sobre una de las esquinas más antiguas de Ginebra, con balcones de hierro forjado y cortinas de terciopelo que apenas dejaban filtrar la luz cálida de los candelabros. Cada mesa tenía su propio rincón, como si el lugar hubiese sido diseñado para secretos, para amantes que no quieren ser vistos, o para traidores que no quieren ser descubiertos. Ethan me ayudó a quitarme el abrigo con esa cortesía tan suya, medida al milímetro, y me ofreció la silla como si estuviéram