ZOE
El sol entra por los ventanales altos, acariciando la alfombra de seda color hueso como si la paz fuera real. La taza de café está caliente entre mis manos, y el aroma me resulta familiar, casi reconfortante, aunque no podría decir por qué. Llevo un vestido blanco, suelto, sin marcas, sin pasado. Afuera, la ciudad murmura con la elegancia de Ginebra, como una postal en movimiento, perfecta, intacta. Y sin embargo, hay algo que me aprieta el pecho cada vez que cierro los ojos. Algo que no ti