La torre se alzaba sobre Berlín como un cuchillo olvidado en el cielo. Gélida. Silenciosa. Demasiado silenciosa. Y en nuestro mundo, el silencio no era una bendición. Era un anuncio de muerte.
Dante fue el primero en notarlo.
—Está demasiado vacía —murmuró, con la pistola pegada a su muslo y los ojos en todas las esquinas—. Como si estuvieran esperándonos.
—Nos están dejando entrar —confirmó Verona, revisando el escáner térmico—. Las cámaras están activas, pero nadie responde. Esto es una tramp