El silencio que emanaba tras la puerta del baño era más pesado que cualquier grito. Tras los primeros minutos de estupor, la angustia comenzó a infiltrarse en mi pecho, una sensación física que me impedía respirar con normalidad. Me acerqué al umbral, apoyando la frente contra la madera fría.
—Ross, abre la puerta —dije, tratando de imprimir un tono de mando que, en el fondo, no sentía—. Hemos hablado suficiente. No voy a permitir que esto escale. Ross, contéstame.
No hubo respuesta. Ni el sonid