El interior del coche, otrora un santuario de cuero inmaculado y silencio absoluto, se había convertido en un confesionario de metal. La lluvia seguía martilleando el techo, un sonido constante que aislaba nuestra burbuja de la realidad. El aire estaba cargado de un vaho denso, una mezcla de nuestra propia respiración, el olor a lluvia y esa fragancia intensa a motor y deseo que nos envolvía.
James, que minutos antes había sido una fuerza de la naturaleza sobre mí, ahora estaba sentado en el asi