Dante apretó el papel hasta que sus nudillos crujieron. Sus ojos recorrieron la caligrafía temblorosa de Elara y sintió un dolor tan agudo en el pecho que creyó que su propio corazón estaba fallando. Ella lo creía responsable de la última agonía de su padre. Ella se había ido pensando que cada beso, cada "te amo", había sido parte de una tortura psicológica.
—¡ELARA! —rugió su nombre, pero solo el eco de las paredes de madera le devolvió el llamado.
La angustia se transformó en una furia