El rugido de los motores del avión no era solo una vibración mecánica; era el único sonido que lograba acallar los gritos de su propia mente, una estridencia necesaria que amortiguaba el eco de la voz de Dante y el estruendo del colapso de su padre. Elara mantenía la frente apoyada contra la pequeña ventanilla, sintiendo el frío del cristal calar en su piel. Abajo, las luces de la civilización que la había destruido —esas torres de cristal donde el amor se firmaba con sangre y los besos sabían