Elara sostenía el cuerpo de su padre contra su pecho, con las rodillas golpeando el frío granito de la escalinata. No le importaba que cientos de estudiantes se hubieran detenido a mirar, ni que Sophie gritara pidiendo una ambulancia a sus espaldas. Solo existía el peso muerto de Alfonso y el crujir de esos papeles malditos que él aún apretaba entre sus dedos rígidos.
—¡Papá! ¡Papá, mírame! —el llanto de Elara no era un llanto normal; era un aullido animal, un sonido desgarrador que nacía de