Elara no pidió permiso. Simplemente bajó al garaje subterráneo de la mansión, donde el silencio solo era interrumpido por el zumbido de los sistemas de seguridad. En una de las plazas preferentes, brillaba el Porsche Taycan gris mercurio que Dante le había asignado. Tomó la llave de titanio e ignoró el lujo del vehículo; para ella, no era un regalo, sino el motor de su escape temporal. Necesitaba aire que no estuviera filtrado por los purificadores de la mansión.
Cruzó los portones sin que n