El sol se filtraba por las cortinas de la cabaña, pero para Elara la luz no traía claridad, sino un recordatorio abrasador de su propia capitulación. Se despertó sola, con las sábanas de seda enredadas en sus piernas como grilletes suaves. El aroma de Dante —sándalo, cuero y ese magnetismo metálico— aún impregnaba el aire, asfixiándola.
Se levantó de un salto, ignorando un leve mareo que atribuyó al agotamiento emocional. Frente al espejo del baño, se detuvo en seco. Sus labios estaban ligera