Elara pasó la noche en vela, pero no por el eco de las discusiones o el roce de Dante. Lo hizo frente a una vieja computadora en la cabaña, con la luz de la luna bañando los folletos digitales de la Facultad de Medicina de la Universidad de Columbia.
Antes de que Dante irrumpiera en su vida, la medicina era un sueño enterrado bajo capas de facturas sin pagar y turnos dobles en cafeterías. Ahora, al observar sus palmas, Elara no vio a la mujer que había sido prisionera; reconoció el temple de