El comedor de la mansión Cavendish en Mayfair no era una estancia diseñada para la nutrición, sino para la exhibición del poder estático. Las paredes estaban recubiertas de paneles de roble oscuro que habían absorbido el humo de mil conspiraciones aristocráticas, y la mesa de caoba, lo suficientemente larga como para separar a dos amantes por un abismo de madera pulida, brillaba bajo la luz de una lámpara de araña de cristal de roca.
Elara estaba sentada en un extremo, sintiendo que el vest