El cielo de Londres no recibió a Elara con la promesa de la libertad, sino con una mortaja de nubes plomizas que parecían pesar tanto como las cadenas de oro que acababa de dejar atrás. El jet privado de los Cavendish aterrizó en la pista de Stansted con una suavidad insultante, una eficiencia mecánica que contrastaba con el caos sangriento que Elara sentía en su interior. Al bajar por la escalerilla, el aire gélido y húmedo de Inglaterra le azotó el rostro, obligándola a recordar que ya no est