La mañana en Mayfair nació con una neblina que parecía filtrarse a través de los muros de piedra de la mansión Cavendish, envolviendo los muebles antiguos en un sudario de humedad y frío. Elara apenas había dormido. Había pasado la noche en la sala de los espejos, con la mirada perdida en las páginas del diario de Estela, sintiendo que cada palabra de la difunta era una advertencia grabada en cristal. Los miles de reflejos de sí misma le habían devuelto una imagen que ya no reconocía: una muje