El despertar en la suite principal de Sanctuary no fue un regreso a la vida, sino una caída hacia una realidad más turbia. Elara despertó con una sensación de pesadez en el pecho, un ancla invisible que la mantenía hundida en las sábanas de seda negra. El aroma de Dante —ese sándalo persistente mezclado con el rastro metálico de la tormenta de anoche— estaba impregnado en su piel, recordándole que cada centímetro de su cuerpo había sido reclamado en la penumbra de esa habitación fúnebre.
No