La biblioteca de Sanctuary no era un lugar de lectura; era un cementerio de papel. Estantes de roble oscuro se alzaban hasta un techo que la penumbra devoraba, cargados de volúmenes cuyas cubiertas de cuero se descascaraban como piel muerta. El aire aquí era distinto al del resto de la villa: más seco, más pesado, impregnado de un rastro de tabaco rancio y el moho que crecía en los rincones donde la luz del sol no se atrevía a entrar.
Dante empujó la puerta doble, cuyo chirrido metálico resonó