El silencio en el despacho de Dante, cincuenta pisos por encima del cementerio de papel del nivel -4, era una sustancia densa que presionaba los tímpanos de Elara. Permanecía hundida en el sofá de cuero negro, sintiendo cómo el calor de la oficina luchaba contra el frío glacial que se le había metido en la médula. Sus pulmones todavía se sentían pesados, cargados de ese polvo estancado que sabía a tiempo muerto y a una derrota absoluta.
Intentó mover la mano, pero el simple roce de su piel