El trayecto de regreso a la mansión tras la visita al cementerio fue un descenso al silencio más absoluto, interrumpido solo por el rugido del motor del coche blindado. Elara sentía el sobre quemándole la piel del antebrazo, oculto bajo la seda de su manga. Cada vez que el vehículo tomaba una curva, el roce del papel le recordaba que su mundo, el que su padre le había construido entre carencias y amor, acababa de agrietarse para siempre. “Para mi otra mitad”. Las palabras se repetían en su men