La habitación en el ala este de la mansión estaba sumida en esa oscuridad densa que solo las casas demasiado grandes y vacías logran acumular. Mateo permanecía acurrucado en el borde mismo del colchón, con los ojos fijos en el techo, midiendo el silencio entre un latido y el siguiente. Entonces, la madera cedió. Fue un crujido mínimo, un aviso que él ya anticipaba antes de que la pequeña silueta de su hermana recortara el umbral.
Amara no dijo nada. Tampoco hacía falta. Avanzó descalza, arr