El silencio en el comedor tras la partida de los Belmonte no se rompió con explicaciones. Dante se mantuvo de pie unos segundos, observando las dos sillas donde sus hijos permanecían inmóviles, como dos pequeñas estatuas de reserva. Mateo volvió a tomar el tenedor con la misma parsimonia fría de antes, mientras Amara empujaba el cuenco de helado ya medio derretido hacia el centro de la mesa. La tensión no se disipó; simplemente se acomodó en las esquinas de la habitación.
La noche cayó sobre