La tarde llegó con una rapidez opresiva, tiñendo el cielo de un gris plomizo que parecía aplastar los techos de los autos. Dante decidió llevarlos de vuelta él mismo.
El camino de regreso fue un bloque de silencio espeso. Dante conducía el sedán negro con los dedos rígidos alrededor del cuero del volante, sintiendo la fijeza de los dos niños clavada exacto en la base de su nuca. Mateo no despegó los labios en todo el trayecto. Mantuvo la frente apoyada contra el cristal, viendo cómo las torr