El eco de las risas infantiles resonó con una vibración limpia contra las columnas de concreto del sexto piso. Era miércoles por la tarde, y el local deshabitado se sentía menos frío con la presencia de los gemelos. Mateo corría describiendo círculos invisibles alrededor de los pilares de la estructura libre, mientras Amara permanecía de pie frente a la pared principal de la entrada, sosteniendo su dibujo contra el yeso para calcular el espacio.
—Va a quedar perfecto aquí, mami —anunció la n