La puerta del despacho se cerró con un chasquido sordo, pero el fantasma de Elara permaneció flotando en el aire de la estancia. Dante Vance se quedó estático detrás del escritorio de caoba, con las palmas de las manos apoyadas sobre la superficie fría y los hombros caídos por el peso de una agitación que jamás en su vida había experimentado.
Su pecho subía y bajaba con violencia, buscando un oxígeno que el espacio parecía haberle negado desde el momento en que ella entró. Tenía la boca past