Pasada la medianoche, la propiedad quedó sumida en una penumbra sepulcral. En el ala norte, Elara se encontraba sentada en el borde de la inmensa cama de huéspedes. No se había quitado la ropa, ni se había descalzado. El frío del lugar parecía filtrarse directo a sus huesos, pero el verdadero suplicio estaba en su mente.
La impotencia y el dolor crudo terminaron por desbordarla. Se levantó de golpe, incapaz de soportar el encierro, y caminó hacia el minibar de la habitación con las manos t