El tiempo en Vance Medical no se medía en días, sino en el goteo incesante de las soluciones intravenosas y en el sonido desprovisto de alma de las máquinas. Las semanas se desprendieron del calendario con una lentitud perversa, arrastrando consigo las últimas esperanzas de ver una reacción espontánea en el cuerpo de Dante. El otoño terminó de morir fuera de los ventanales de la suite privada, dando paso a un invierno crudo, de cielos grises y lluvias ácidas que golpeaban los cristales blindad