El silencio que siguió a las palabras de Dante se instaló en la suite presidencial como una capa de escarcha. Los médicos especialistas intercambiaron miradas cargadas de incomodidad y tensión, retrocediendo un paso para no quedar en la línea de fuego de las pupilas oscuras del magnate. Ninguno de los neurólogos se atrevía a contradecir al hombre que financiaba el complejo entero, mucho menos cuando su tono barítono arrastraba una hostilidad tan peligrosa.
Elara permanecía inmóvil, con la es