El pasillo de la Unidad de Cuidados Intensivos era un túnel de luz blanca, fría y desprovista de cualquier rastro de humanidad. El único sonido que rompía el silencio sepulcral era el zumbido constante de los sistemas de filtración de aire y el eco lejano de unos pasos apresurados sobre el linóleo.
Elara permanecía de pie frente al gran ventanal de vidrio de la habitación de aislamiento. Tenía las manos apoyadas contra el cristal, tan firmes y tensas que las yemas de sus dedos se habían vuel