La última noche antes de la ceremonia cayó sobre la residencia Vance con una serenidad casi irreal, una calma densa y expectante que parecía contener el aliento ante la magnitud del día que se avecinaba.
Dante presidía la mesa del comedor con una elegancia impecable y natural. Se había despojado de la americana de su traje gris de tres piezas, remangando los puños de su camisa blanca hasta los antebrazos. Aquel gesto, una inusual relajación en un hombre que rara vez bajaba la guardia, delata