Elara clavó sus uñas en los hombros anchos y marcados de su esposo, arqueando la espalda hacia él mientras el placer los envolvía en un compás perfecto, salvaje pero lleno de una ternura infinita que rozaba lo sagrado. Los ojos de Dante, fijos en los de ella en medio de la oscuridad, contenían una devoción absoluta; una fijeza tan desmesurada que casi parecía una súplica silenciosa al destino, una necesidad visceral de anclarse a ella para siempre, como si intuyera que el universo conspiraba fu