Al colgar el teléfono, Elara regresó a la mesa con el rostro completamente iluminado, reflejando una paz que no había tenido en años. Dante la observó en silencio y, con un movimiento posesivo pero tierno, extendió su brazo largo por el respaldo de la silla para que ella se sentara a su lado, rodeándola de inmediato con esa intensidad innata que en el pasado la asustaba, pero que ahora la reconfortaba como el refugio más seguro de la tierra.
—¿Buenas noticias? —preguntó Dante, usando el pulga