El espejo del vestidor principal devolvía una imagen que Elara apenas lograba procesar. El diseño de Vincenzo era una obra de arte de la costura: un vestido de corte columna en seda esmeralda que se ceñía a su silueta con absoluta sofisticación, cuyo cuello alto disimulaba con elegancia las marcas posesivas que los labios de Dante habían dejado en su piel un par de noches atrás. Elara no llevaba joyas ostentosas; solo su porte, su mirada firme y la determinación de una madre que estaba a punto