El beso en el asiento trasero del coche no disminuyó la tensión; la multiplicó. Cuando el vehículo finalmente se detuvo frente a la imponente entrada de la mansión, el aire entre los dos quemaba. Dante bajó primero y, sin darle espacio a la distancia, tomó a Elara de la mano con un agarre firme, dominante, arrastrándola prácticamente hacia el interior. Los pasos de ambos resonaban en el mármol, un eco apresurado que se extinguió en cuanto cruzaron el umbral de la habitación principal de Dante.