El sol de la mañana se filtraba por los inmensos ventanales de la mansión Vance, pero para Elara, la luz no traía esperanza, sino la confirmación de su cautiverio. No había dormido. Había pasado la noche en vela, sentada junto a la cama de Amara, escuchando el pitido monótono del monitor y el eco de la voz de Dante llamándola por su verdadero nombre. Ya no era la Doctora Ríos; la máscara se había fundido bajo el calor de la furia de Dante, dejándola expuesta y vulnerable.
Cuando la puerta de