El ala médica se convirtió en un campo de batalla en cuestión de segundos. Los monitores emitían pitidos erráticos y el rostro de Amara había adquirido una palidez traslúcida que helaba la sangre. Elara, a pesar del terror que sentía como madre, se movía con la precisión de un autómata, inyectando medicamentos para frenar la convulsión.
Dante estaba de pie contra la pared, viendo la escena con una impotencia que lo desgarraba. Él, que podía comprar países y derribar imperios, no podía hacer