La oficina de Dante estaba sumida en una penumbra que solo era interrumpida por la luz azulada de las pantallas. El silencio era tan denso que el tic-tac del reloj de pared parecía marcar una cuenta atrás definitiva. Cuando Marcus entró, no necesitó decir una palabra. Dejó un sobre de papel de seguridad sobre el escritorio de caoba y retrocedió dos pasos, manteniendo una distancia prudencial. Sabía que lo que había dentro de ese sobre era dinamita.
Dante tomó el sobre. Sus manos, que habían